Tenemos miedo de perder la ficha, sabemos que hay allá fuera miles de ellas, pero esta que ahora está a nuestro lado y que ha comido de nuestro plato nos cuesta dejar, nos aterra tirar, nos amarga no tenerla, nos produce un sentimiento de ahogo continuo, como quien pende den un hilo en un precipicio imaginario. Llevamos la ficha a lugares que ni siquiera nosotros conocíamos, despertamos de un estado de coma que parecer ser repentino pero que se repite constantemente, es parecido a ese devenir de las cosas que no tienen un sentido propio de subsistencia; culpamos a la ficha, porque es mejor culparla a ella, porque somos de naturaleza cobarde; repito: tenemos miedo.
Así es como cerramos los ojos a las 2 o quizás 3 de la madrugada e imaginamos viendo a los ojos a alguien, preguntándole: ¿cuál es el fin? Ya no nos asusta la oscuridad, estamos tan abstraídos en estas ideas que bailan con el silencio de la habitación que no notamos que aquellos temores que creíamos imposibles de superar son solo humo de un eco que se itera y que apenas es audible.
Entonces... Entonces suspiramos, los pulmones se llenan con una turbia parsimonia y se vacían de la misma forma, polvos compactos se sublevan y una espina dorsal se arquea apacible.
Entonces... Entonces suspiramos, los pulmones se llenan con una turbia parsimonia y se vacían de la misma forma, polvos compactos se sublevan y una espina dorsal se arquea apacible.
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