Recuerdo tener 13 años, sentada frente al edificio en donde recientemente había adquirido mi madre su nuevo apartamento, no me gustaba la idea de vivir con ella, no me gustaba la idea de vivir en aquel sitio, no me gustaba ese apartamento, no me gustaba esa nueva cara de la ciudad que tanto amo.
Las calles se levantaban independientemente de cuántas construcciones se hicieran sobre ellas, las personas caminaban sin ser conscientes de ello, solo caminaban, las pocas pertenencias de mis padres se movían de aquí para allá, subían y bajaban, mis hermanos corrían emocionados y llenos de una repentina vida nueva, yo solo sentía asco.
El lugar era oscuro, olía a humedad, se sentía inhabitable, frío, sepulcral; quería correr, alguien había dicho que yo era la asesina, por ende solo quería correr.
-¡Vamos mi Niña! - Grita mi padre, se escucha cerca una respiración entrecortada y luego un ladrido.
Pasaron días que sentí como meses, las cosas no iban del todo bien pero tampoco del todo mal. Eran las 11 casi 12 de la noche cuando alguien abre la puerta y lo primero que pregunta es: "¿En dónde está la Niña?" Mi madre en la cocina y yo con los ojos clavados en el televisor ignorábamos al visitante nocturno. La puerta se cierra y el silencio profundo hace que se triplique su impacto. Se escucha débilmente una respiración entre cortada y un aullido de júbilo. "Esta es mi Niña" dice mi padre, el visitante ya con forma familiar al tiempo que atraviesa la puerta y trae en brazos a Niña.
Las cosas terminan, como termina la vida, es un hecho que aprendí a aceptar pese a todas las circunstancias, no me quejo de la muerte de las cosas o las personas, de las palabras o del tiempo, de las emociones o recuerdos; puedo decir que siento hasta cierta envidia por todo aquello que ya no está, puedo decir que se han perdido de un mundo asombroso, pero también que se evitaron tantos dolores de cabeza de esta nueva era...
Luego de unos años, mi padre se encontraba en otra ciudad y ya no era el mismo, mi madre empeoraba en la misma ciudad que la vio crecer, mis hermanos se perdían y yo dejaba de existir, pero ese amor eterno de mi padre, ese que lo hizo actuar muchas veces como un animal, crecía y se hacía más puro con el paso del tiempo. Las personas como él suelen ser eternas, independientemente de sus acciones en este mundo.
En parte gracias a él, este nombre surgió y no es tanto por la "miserableza" que habita en mí, es más por la miserableza que habita en cada uno de nosotros, eso que nos hace decirnos ¿valgo la pena? Porque: "alguien que es en exceso miserable, necesita de alguien más miserable para sentirse bien." Espero que entiendan el mensaje y gracias de antemano por leer.
domingo, 7 de enero de 2018
jueves, 4 de enero de 2018
N. S.
Aprendí a
amar este ritmo triste y desgarrador, me botaron
hacía él de forma imperdonable. Sacudía mi
cabeza para no pensar en la irremediable realidad, que brotaba
de un suelo áspero.
Desde aquí
de alguna u otra forma respiro tengo lo
que tengo y pierdo lo innecesario; han sido tantas guerras que no recuerdo sus nombres pero no olvido los salvajes motivos, primitivos y deprimentes sucesos, me asombro de cuan hostil puede llegar a ser la simpática belleza de la nieve.
lunes, 1 de enero de 2018
Cuando Habla el Insomnio
Tenemos una ficha que sobra y no sabemos qué hacer con ella, pero la tenemos ahí, sabemos que habrá un lugar para ella en cualquier momento, en este rompecabezas sin sentido siempre sobran fichas, no nos molesta deshacernos de algunas y otras solo las extraviamos sin recordar que las tuvimos; vamos llenando entonces los espacios con fichas que nos han sido regaladas y otras que al barrer encontramos, unas que compramos en descuento porque nos atrae lo que implique un mínimo esfuerzo, otras son todo un lujo, esos pequeños placeres de la vida que hemos decido otorgarnos de vez en cuando para que la existencia sea llevadera y se nos olvide por cierto tiempo la sombra que nos persigue y nos nubla la vista.
Tenemos miedo de perder la ficha, sabemos que hay allá fuera miles de ellas, pero esta que ahora está a nuestro lado y que ha comido de nuestro plato nos cuesta dejar, nos aterra tirar, nos amarga no tenerla, nos produce un sentimiento de ahogo continuo, como quien pende den un hilo en un precipicio imaginario. Llevamos la ficha a lugares que ni siquiera nosotros conocíamos, despertamos de un estado de coma que parecer ser repentino pero que se repite constantemente, es parecido a ese devenir de las cosas que no tienen un sentido propio de subsistencia; culpamos a la ficha, porque es mejor culparla a ella, porque somos de naturaleza cobarde; repito: tenemos miedo.
Así es como cerramos los ojos a las 2 o quizás 3 de la madrugada e imaginamos viendo a los ojos a alguien, preguntándole: ¿cuál es el fin? Ya no nos asusta la oscuridad, estamos tan abstraídos en estas ideas que bailan con el silencio de la habitación que no notamos que aquellos temores que creíamos imposibles de superar son solo humo de un eco que se itera y que apenas es audible.
Entonces... Entonces suspiramos, los pulmones se llenan con una turbia parsimonia y se vacían de la misma forma, polvos compactos se sublevan y una espina dorsal se arquea apacible.
Entonces... Entonces suspiramos, los pulmones se llenan con una turbia parsimonia y se vacían de la misma forma, polvos compactos se sublevan y una espina dorsal se arquea apacible.
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