martes, 11 de septiembre de 2012

d'un amour



Ella sabía que ese era el preciso momento para hablarle sobre lo que tanto había planeado en su cabeza, el día del acercamiento, era poco creíble pero muy creíble al mismo tiempo, tanta gente por aquí y por allá, tantos sueños que se destrozarían aquel día si ella decidiera hablarle a la persona equivocada ¿sabes lo que pasa?...

Voces desde lo alto anunciaban una victoria que se esperaba con ansias, fue la mejor de todas, ya que nos aseguraba lo que queríamos hace un tiempo atrás, las personas corrían desorientadas buscando algo que beber, que comer, que saborear, ya no quedaba nada en el camino, solo hojas secas que no sabían respirar, el pisoteo de tantos las dejó morir.

Hizo el recorrido que todos hacían, detrás de la línea verde que le indicaba cuando seguir, al tiempo que la rojo cuando detenerse, pero observó mal y eso hizo de su día, un maravilloso día. La línea que indicaba el “siga” extrañamente para ella cambio a un “alto” y se detuvo frente a frente con el ser de ojos más tiernos y expresivos que a su alrededor habitaba, no mostraba sonrisa, pero sin hablarle, sin escucharlo, sin tocarlo, lo conoció por completo y sus palabras volaban, de su mundo, a él. La corriente por la que sin desearlo ambos se vieron arrastrados…

Un momento casi perfecto, en el que la manipulación de ambos por conocer al otro estuvo a favor de los dos, los cosmos vacilaban con ellos y nada más que meteoros y satélites los acompañaban, el mundo, este mismo mundo, había quedado deshabitado, no se hallaba la malicia, ellos no eran perfectos, es cierto, pero la cristalina aura de sus miradas demostraba a todo lo que tuviese vida en ese instante que… De amor si se vive. Los hubieran visto, era un baile perfecto.

En su mente solo estaba el escucharle, aunque sea una vez más, más tarde no habría tiempo de entablar una plática formal, el más tarde se le estaba escapando ¡ahora! Sin embargo nada de eso les aterraba, ellos sabían que esa sería la última vez, que jamás se volverían a ver, ni a hablar, ni a escucharse, pero se conformaban con el estar allí, de pie, frente a frente, sin desear lo más mínimo como un agarrón de mano ¿quién lo querría, cuando se tenían?

Dos desconocidos que decidieron confiar, porque no había más opciones, porque en sus entrañas algo les gritaba, ya sin voz, que así lo hicieran. Confiaron, hasta tal punto en el que sin necesidad de pruebas absurdas, de engaños, de sonrisas pícaras, se confesaron cuanto habían deseado versen a los ojos, reflejarse el uno en el otro; ella no aguantaba la presión de su mirada intrigante y directa, no le quedó más remedio que  huir, sin dar respuestas y solo deseándole a ese gentilhombre el bien.

Por mi parte me queda decir que ella aún no logra sacarlo de su cabeza, pone una mano en su pecho, respira hondo, mira hacia el horizonte, cierra los ojos y sonríe…